Para llegar a ver, hay que tomarse la molestia de mirar primero.
Él ve, mira, atiende, escucha, se esconde y, de repente, vuelve a aparecer. Observa con la intimidad que le da la distancia y la acorta, poco a poco, camuflado tras su cámara y esos ojos acostumbrados a guardar recuerdos y memoria. La fotografía, al menos la suya, viene de cuna, sangre y genes. Forma parte de la tercera generación de fotógrafos y vive el oficio con la pasión de quien sabe que su apellido irá siempre ligado a una.